PSEUDOCIENCIAS Y RASPUTÍN: RESPONSABLES LA LETALIDAD DE LA COVID-19

Actualizado: abr 17

Cuando afirmo que las pseudociencias son las verdaderas responsables de la letalidad de la COVID-19, no me refiero a las teorías conspiratorias para acabar con la sobrepoblación mundial, o las creencias mágicas, esotéricas, astrológicas o religiosas de gran arraigo en la mayoría de nosotros.

Hablo de otro tipo de pseudociencias, mucho más peligrosas y letales, no solo por especulativas y proféticas, sino porque se erigen como poseedores de la verdad y que reciben adoración idílica por gobiernos, empresarios, académicos, intelectualoides, filo-sofistas y ciudadanos por igual.

La economía se ha convertido en el becerro dorado que soportado en el mandamiento del “egoísmo natural humano” ha logrado arrodillar, voluntaria y estúpidamente, a los responsables de poner en marcha milagrosas políticas económicas que no han hecho más que facilitar la concentración en la riqueza en algunas manos y sumergir a la mayoría en la miseria más precaria.

Pero la verdadera culpa no es de los economistas fanáticos, ni mucho menos de los empresarios oportunistas, toda la responsabilidad es de los gobiernos y dirigentes políticos que se han dejado convencer de la omnipotencia de la utilidad y la productividad, olvidándose del sufrimiento de la gente a la que juraron proteger.

Hace mucho tiempo que la línea que divide a los grandes capitales de los gobiernos enanos no respeta la “sana distancia” que debería existir entre aquellos que buscan su propino beneficio y quienes son responsables del bienestar de los pueblos.


Economistas, banqueros y empresarios se han convertido en el Rasputín de gobernantes y políticos de poca monta pero con sueños imperiales, que caen como moscas ante las dulces palabras que, inevita


blemente, los llevaran directo a la guillotina o al paredón de fusilamiento.

La verdadera preocupación de la COVID no se concentra en el número de vidas perdidas, en la atención a los infectados o en la protección de la ciudadanía “voluntariamente recluida”, sino en las “grandes consecuencias económicas que traerá la pandemia”.

La preocupación no está ni siquiera en la protección de los pequeños empresarios que dan siete de cada diez


empleos, sino en los intereses de los rasputines que vomitan consejos irresponsables e


inmorales, que van desde la compra de cualquier mágico artefacto inútil y hasta contraproducente para evitar esparcir el virus, pero que es de mucha ayuda para acaparar alguna nota ególatra o lograr el bendito tweet viral tan anhelado.

Hay otros gobernantes más imbéciles que evidencian sus deseos de rey enano y que, como las ratas, quieren ser los primeros en poner el cobarde ejemplo de saltar del pacto federal en un momento en que la unidad es imperante para salvar el barco.



Fueron esos mismos chamanes de la economía quienes incitaron a aplazar el confinamiento, los que se han negado a cerrar sus negocios con argumentos indolentes y ofensivos y quienes, sin dudarlo, buscarán apresurar el fin de la cuarentena bajo la mentira de que la pronta reactivación de la economía (léase SU ECONOMÍA) es lo único que puede salvar al país, presentándose como los salvadores de la misma población que ellos han contribuido a sumir en la miseria.



Afortunadamente, la historia, que sí es una ciencia, nos relata una y otra vez que, tarde o temprano, la Nación lo demanda y llama a cuentas a aquellos que, insensibles a la realidad social, ahora la tratan con desprecio e indiferencia.

Valdría recordar que grandes rey


es y emperadores terminaron en desgracia y que, incluso, el mismo Rasputín, aunque sobrevivió a varios a ataques, terminó ahogado en el rio de la furia y dignidad de un pueblo que, cansado de falsas filosofías, no encontró mejor camino que la rebelión.


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